A Camboya llegamos sin ninguna expectativa, vinimos casi sin saber nada del país, simplemente por que estaba ahí.

En Phom Penh encontramos los máximos contrastes. Desde montañas de basuras y pobres haciendo sus necesidades en plena calle, monjes con sus coloridas túnicas y paraguas naranjas, a grandes centros comerciales donde poder comprar la televisión de ultima generación o el bolso más fashion.

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Pero también descubrimos algo que conseguía sacarnos de quicio y nos acompañó a lo largo de toda Camboya: “los conductores de tuck-tuck”.

Desde Phom Penh hasta Siam Reap, en todas las ciudades, en todos los barrios, en todas las calles… filas de tuck-tuck con su respectivo conductor esperan captar un cliente. Desde el primero hasta el último de la fila, al pasar a su altura, realizan su pregunta con un tono que retumbaba estridentemente en nuestras cabezas:

Hello, tuck-tuck? No thank you; Hello, tuck-tuck? No thank you; Hello, tuck-tuck? No thanks; Hello, tuck-tuck? No thanks; Tuck-tuck? No; Tuck-tuck? Noo; Tuck-tuck? Nooo; Tuck-tuck? Noooooo!!!!!; Hello, tuck-tuck? I have said No!

En ese momento el último conductor te remata con voz y  cara de inocente.

Hello, tuck-tuck?

Noooooooooooo!

May be tomorrow?

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A kampot fuimos en busca de zonas de escalada por explorar. En moto descubrimos una Camboya rural, pistas de arena rojizas transitadas por niños en bicicleta yendo al colegio y campos verdes hasta donde llegaban nuestras miradas salpicadas de exóticas palmeras. No nos cansamos de mirar el horizonte.

No pudimos escalar mucho, pero explorar esos lugares entre rocas, cuevas, palmeras y niños ofreciéndose de guías para adentrarse en las cuevas con sus linternas nos hizo disfrutar de igual manera.

Camino a Phnom Kbal Romeas -1

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Tras unos días de colapso sin saber hacia donde dirigirnos, nada mejor que un buen banana pie y un wather melon shake para ayudarnos a decantarnos por Kho Rong.

Kho Rong resultó ser una magnífica isla donde aún no ha llegado la electricidad ni el asfalto. Un pequeño poblado montado a base de casas de madera en la misma orilla de la playa. Por fin llegaron las vacaciones que Cris demandaba desde que salimos. Playas de arena blanca, aguas azul turquesa, shakes de frutas y sol. Aquí tuvimos una experiencia casi mística, bañarnos de noche en alta mar entre plancton. Cuando saltas desde el bote y mueves el agua, el plancton se ilumina de un color azul eléctrico. Fue algo increíble.

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Long beach en Koh Rong-1

Al llegar a Siem Reap ocurrió lo que tarde o temprano tenía que ocurrir. Había sobrevivido al peligro de pisar una de las miles de minas que aún quedan de la guerra en los campos, había sobrevivido a patear una serpiente mientras buscábamos un sector de escalada. Había sobrevivido a cruzar calles de 4 carriles repletas de coches, motos, camiones, buses, bicis y tuck-tuck circulando en varios sentidos a la vez indistintamente. Había sobrevivido a las miles de picaduras de las sandflights en la Long beach de Koh Rong. A un trekking nocturno en la selva de la isla. Pero mi estomago no sobrevivió a beber o comer una cocacola o un fried rice aderezados con caca de algún animalito indeseable.

Conclusión, 24 horas hospitalizado, más 7 días de reposo en la habitación de un hotel. Pero todo acaba pasando y tras 8 días casi sin comer ni salir de la cama, nada mejor para volver a la actividad que alquilar unas bicis para recorrer unos 35 km visitando los templos de Angkor.

Angkor ha sido otra de las cosas más especiales e impresionantes que Camboya nos ha ofrecido. No podemos describir el sentimiento que nos recorrió el cuerpo al ver por primera vez Angkor Wat, el templo de Bayon con todas las caras sonrientes observándonos y Ta Prohm estrangulado por gigantescos arboles.

Angkor Wat

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Se acercan las navidades, la idea inicial era pasar a Laos, pero decidimos que estás fechas son para compartirlas. Nos vamos a Bangkok a disfrutar de las navidades con nuestro amigo Jay.