Fiji nunca había entrado en nuestros planes, pero estando tan cerca ¿cómo íbamos a dejar pasar esta oportunidad?

Todo ha sido una gran sorpresa. El país es más bien pobre, pero la gente es la más feliz, amable y amigable que hemos visto en todo lo que llevamos viajando.

Bula!, Bula!, todo el mundo te saluda. Te pregunta, te ayuda, te ofrece su casa…Quien iba a decirlo, que estas tribus de feroces guerreros caníbales con cuerpos atléticos, iban a convertirse en la gente más amable del mundo.

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A pesar de que el país sea pobre, todo es increíblemente caro para el turista. Hasta tal punto, que pensábamos que no podríamos salir de Nadi, donde podíamos dormir y comer donde los locales. Pero tras recorrer sus calles varios días, conseguimos contactar con gente de una isla que nos ofrecía estar en casa de un familiar y viajar en un barco local por un precio que podíamos pagar.

Pronto comprendimos que era el “Fiji Time” del que tanto hablaban los fiyianos. No es que los minutos no existan, es que las horas también pueden desaparecer. Para ellos el tiempo no tiene ningún valor. Así que, no pasa nada si se pierde. Así que, tras 4 horas de espera y 4 horas en una pequeña barca repleta de gente y cajas, llegamos al paraíso: la aldea de Nanvoro en Waya Lailai. Los niños jugaban en el agua y nos miraban curiosos, las mujeres cocinaban en los fuegos y los hombre molían kava ¡que auténtico!

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En esa semana aprendimos a vivir con lo mínimo, a beber agua de un tanque abierto que recoge la lluvia, a ducharse con cubos de agua templada cuando a alguien se le ocurría dejar una garrafa al sol durante el día, a bajar al mar a por agua antes de ir al baño, a comer lo justo y recoger papayas o cocos en la playa para apaciguar el estomago.

En esta semana disfrutamos de unos de los paisajes más bonitos que hemos visto nunca: el verde de la vegetación de las montañas con cumbre rocosas, playas de arena blanca y un agua de increíbles tonalidades gracias a las barreras de coral.

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Pero sobre todo disfrutamos de las personas. Aprendimos como viven con nada y que feliz se puede llegar a ser. Los niños consiguieron robarnos el corazón. Nos enseñaron todos los rincones, aunque a veces era bastante agotador si el camino era empinado y tenías que jugar a levantarlos de las manos mientras caminábamos.

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Tras una cena algo más copiosa y mucho kava de despedida, al día siguiente abandonamos Waya Lailai con mucha pena, pero con ganas de visitar la isla de Mana y disfrutar de las comodidades de un hostel.

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La isla de Mana está rodeada de una gran barrera de coral, tenemos nuestra habitación para nosotros, ducha, baños con cisterna y la comida más abundante y sabrosa. Pero la emoción duró solo esa tarde. El sol nunca más salió, las camas estaban infectadas de chinches y la comida cada día era peor. Así sobrevivimos otra semana, viendo llover, cambiando de cama cada noche y comiendo lo que podíamos. Aún así, mirábamos el mar y pensábamos en lo increíble que debería de ser cuando sus aguas recibiesen los rayos del sol. Pero aun así, el verde turquesa era fascinante.

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Volvemos a Nadi, una semana más lloviendo sin poder hacer nada. Al menos aquí, dormíamos sin chinches y comíamos lo que queríamos en la ciudad. Solo nos queda contar los días atrás para coger el avión rumbo a Nueva Zelanda.